Una semilla tiene un dirección. Este pequeño reducto, alejado, escondido y oculto; pretende al igual que la semilla tener una dirección. La dirección de una semilla se inspira en su potencia, en sus posibilidades del ser y del no-ser. Un espacio, aún y enmarcado en el minúsculo marco de una pantalla parpadeante, es un lugar de siembra destinado a la semilla. El germinar y florecer no es elegido por la voluntad de una semilla, se halla y se produce por la naturaleza de la propia semilla. Este vacío que de peculiar forma se pretende delimitar, se presenta ante mi mirada profundo y árido. Se sueña con sembrar en este vacio al modo de antes, con las manos cómo única herramienta. Y las semillas que aquí se han plantado, aspiran a germinar en un proyecto cuyo fruto es llegar a ser algún día realidad material. Las semillas que aquí se enterrarán serán letras, entretejidas de modo que al mirarlas desde la distáncia apropiada, insinuen las silueta de una constelación. Las estrellas de esa constelación serán textos que aún han de elegir su ser y no-ser. Esas estrellas algún dia brillarán cada una con intensidad propia, y dulce será el fruto si en el futuro, al mirar atrás, esa contelación consigue dibujar una silueta gratificante como las que dibujan las yemas de mis dedos en el cuerpo de mi mujer amada.
La primera semilla está plantada; regarla será tarea de todos aquellos que consiteren su potencialidad dirigida a ello. Por lo tanto se agradece, ya de antemano, cualquier colaboración que se preste a hacerlo. En succesivas siembras iremos presentando y presentándonos la forma y los responsables del fruto que se consiga germinar de aquellas letras que se plantaron en el vacío. Nuestro firmamento está (aún) vacío y negro; pero mirado casi compulsivamente, creo que he conseguido entrever un pequeño brote, tierno y débil que empieza a crecer.
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