SophosBall

13 03 2008




OSLO: BUSCANDO UN ALFÉIZAR

11 03 2008

Viajar es como un resorte que genera el cuerpo humano de aquellos a los que no les basta lo que tienen. Dentro de unas limitaciones -como los avatares de la vida de cada uno-, es una especie de huida hacia adelante, un movimiento que genera conocimiento, experiencia y desarraigo. Consciente o inconscientemente, se trata de dar respuestas a preguntas muchas veces por formular, en la fascinación que provoca lo desconocido y lo extraño. Dicho esto a modo de intro breve, el viaje que nos ocupa nos llevó hacia tierras nórdicas: Noruega, un destino de lo más apetecible y lo bastante lejano como para seguir aprendiendo.Llegué a Oslo vía Torp en autobús; una hora y media contemplando mis primeras nieves del invierno, mientras no dejaba de pensar en la perfección que habría en Europa en general y aún más hacia el norte, al descubrir en la redecilla de la parte trasera de los asientos una bolsa de plástico. Por muy útil que fuera no dejaba de parecerme curioso. En el exterior la nieve recogida en los bordes respondía a esos cánones de simetría y limpieza, pensamientos que se entremezclaban con otros más sensatos y lógicos que echaban por tierra estas teorías;nada más aterrizar, en el aeropuerto de Torp, el riesgo de timo para los que no van preparados y que no conocen el sistema local es evidente: en el proceso de cambio de moneda (Noruega no necesita al Euro y sobrevive la mar de bien con sus Coronas), si es que no te dio tiempo de hacerlo antes de salir, las tiendas se “prestan” a ayudarte sin problemas (la que me cambió a mi tenía una caja fuerte llena de Euros, dispuesta a cambiar a todo aquél que se le pusiera delante), con la consiguiente “pérdida” de dinero en la transacción. Cosas de las prisas.Acto seguido y ya instalado en la capital, lo primero que se advierte es la influencia decisiva que el factor climático ejerce en los habitantes de esta parte del mundo, cosa que marcaría mi estancia esos 4 días. En cierto modo sabía lo que me encontraría y a lo que iba. Me decían que debería haber ido en primavera, a ver la belleza de las flores germinar y todo verde, pero yo quería ver la nieve y el invierno crudo en un país preparado para ello, mientras se prepara el cambio de estación en nuestra vertiente mediterránea.Esto no impidió un cierto sentimiento de frustración al no poder estar más de 3 o 4 horas en la calle. El frío y el viento helado golpeando mis mejillas sin descanso, junto a la constante capa de lluvia fina que iba perforando mi cuerpo, hacían imposible aguantar mucho tiempo fuera. Además las calles estaban congeladas, los suelos encharcados. El equilibrio era precario y amenazaban las caídas. Con triple calcetín y una sensación de frío acuciante, resultó que la mejor opción era buscar abrigos temporales; lugares en los que refugiarse unos minutos, horas en algunos casos, para volver a armarte para salir. En estas condiciones todo lo que sabía sobre Oslo, que ya era poco, se hacía más difícil: tardé dos mañanas en encontrar una oficina de turismo y otra para cambiar moneda. No tenía ni siquiera un mapa, acostumbrado a vagar sin rumbo, pero no me parecía una ciudad muy grande. Con su medio millón de habitantes, Oslo es una ciudad moderna y adaptada a la necesidad de obtener los recursos naturales al máximo nivel; edificios moderadamente altos, sin rascacielos (regulado por ley), poca contaminación acústica y medioambiental (muy pocos coches para ser una capital), y gran cantidad de vidrieras en todo tipo de construcciones (suponemos que para ganar la mayor cantidad de adeptos al sol posibles).Librerías, cafeterías, ecc. Todo encarado al exterior, dando tumbos. De ahí fui a parar al Museo Nacional, dónde sabía que había una sala dedicada a Munch, el pintor depresivo. Ni siquiera me interesé en las otras; estuve toda una mañana contemplando parte de su obra, 19 cuadros entre los que destacaban La Madonna y El Beso, junto a esa maravilla llamada “Skrik”, El Grito. Era la única obra protegida con un cristal antibalas (la habían robado de su casa-museo apenas dos años antes), firmada a finales del XIX o sea auténtica, aunque uno no dejaba de preguntarse cual de las versiones sería (parece que Munch pintó varias reproducciones).Como andar muy lejos no era planteable, me basé en unas cuantas pesquisas para seguir adelante: la siguiente pasaba por el Parque de Vigeland, el escultor de los ciclos de la vida humana. Lllegué sobre las 16,30, anocheciendo y cuando ya habia perdido toda esperanza en mi orientación. El resultado es una auténtica maravilla del mundo: más de 300 hectáreas para mí solo. Un territorio verde inmenso en el centro de la ciudad. Aunque congelado, y siguiendo con esas condiciones que el gran Amundsen controlaba como nadie, llegué hasta vislumbrar el conjunto escultural de la torre humana. Figuras que representan la humanidad en todo su esplendor: parejas copulando (de ambos sexos), padres con hijos, madres, figuras solitarias con expresión marcada en sus caras, cuerpos eontorsionados,ecc. Todo en bronce, vida y milagros del ser humano en una visión muy particular y moderna. Así, los días pasaron entre mañanas de pequeñas razias y descansos entre la nieve. Se hace difícil no pensar en el alto índice de suicidios y alcoholismo del norte de Europa. Teniendo en cuenta las condiciones climatológicas es lamentablemente normal;la mayoría “desea”, en algún momento u otro de su vida, bajar a España. Y la publicidad así lo vende. Las cartas en los restaurantes así lo atestiguan, así como las múltiples referencias al sol y a nuestro país. Carteles en el metro de agencias de viajes con ofertas para Almería o Málaga, jamoncito bueno en las pizarras de lo bares, tapas por doquier y mil imágenes más. No necesitaba ver nada más, pero tampoco no había nada más que ver. El centro no daba para más. Junto a la última mañana en una estación de esquí (aunque no esquiara), en el Museo del Esquí, para ver lo logros de los antiguos aventureros noruegos y algún que otro reno, mi viaje acababa en una última cena con indígenas, saboreando la carne de ballena (cierto regusto a hígado y pescado) y un vino fuerte local con las maravillosas vistas al fiordo de entrada de la ciudad de fondo.En resumen, Oslo es una ciudad tranquila que visitar, con un par de maravillas como el Parque Vigeland o el Museo Nacional, como hemos visto, y un centro agradable y pequeño, aunque sale muy caro ir de compras. Con un puerto muy bonito y sencillo para pasear -siempre que las condiciones climatológicas sean benignas- es quizá un tanto aburrida en su carácter frío y desangelado, pero generosa en cuanto a posibilidades naturales que ofrece su territorio en general.

Para melancólicos tranquilos amantes del silencio.





-“El ensayo como forma” de Theodor W. Adorno

7 03 2008

El primer texto que se presenta en este espacio dedicado a la mirada curiosa, tiene una estrecha relación casi paternal con el espíritu que se espera de este mismo espacio. En primer lugar explicar el porqué: se trata de un texto filosófico de Adorno que se puede encontrar en “Notas de literatura” en Editorial Ariel; Barcelona, (1962). En él Adorno pretende poner de manifiesto la necesidad de una revitalización del ensayo como texto académicamente aceptado en filosofía. Sin embargo esa no es la intención que me alienta a recomendar su lectura. Lo que yo, desde mi intuición personal, quiero reflejar con él, es una guía sobre el estilo, la concepción y el sentido que me gustaría reproducir con este proyecto; y de igual manera lo considero un manual base para quién le interese eso de la escritura filosófica. En segundo lugar me gustaría disculparme por un posible tono demasiado filosófico en el decurso de lo narrado. Intentare centrarme en cuestiones que puedan llegar a seducir al lector, no en aspectos del análisis serio de lo propuesto en el texto. La extensión de la idea, si cabe, debería posibilitar su orientación no sólo a la filosofía, sino también a la historia y la literatura. Ese seria mi deseo al menos.

            Recogiendo un adjetivo del inicio y otro del final del escrito, me atreveré a describir al ensayo como un hereje ocioso. La herejía se alza contra la limitación de pensamiento que ejecuta una fuerza opresora. Pero un hereje reafirmado pierde el miedo al infierno, en cuanto su lucha es religiosa y su enemigo es un Dios. Una vez se inicia el acto de herejía, el hereje sabe que se está sentenciando ante una entidad divida, todopoderosa. El que como ocio tiene la herejía, no pretende destronar a un Zeus, sino boicotear cualquier iniciativa de totalidad. Su ocio, no está dedicado a único objeto, sino al motor que permite la posibilidad de tal objeto. El ensayo perfora la totalidad para mostrar su límite, y con ello su finitud. Muestra un mas allá. Es el hacedor de llaves. Precisamente en esa ociosa libertad convergen ensayo y arte. ¿Un ensayo artístico? ¿Un arte del ensayo? No. La relación entre el ensayo y el arte es de acercamiento. El modelo de ambos es la experiencia espiritual. Pero el ensayo necesita de un valor de verdad, de un juicio que valore su autenticidad. Al mismo tiempo que la herejía, el ensayo no pretende suplantar un trono por otro, sino expandir los límites, por tanto del ensayo nos dirá Adorno que debe entretejer sus enunciados de manera fragmentada, debe de poder concluirse en cualquier momento, debe de ser por tanto abierto; y en esa misma responsabilidad con su origen, radica su veracidad. La única intención de totalidad, es la búsqueda de un brillo en el destello de la  minucia, del escombro, de la ruina que ha desechado la teoría englobadora. Es el curioseo pertinaz e incesante en todo aquello escondido y oscurecido por una actitud dominante. Siempre que una migaja es excluida, la totalidad es negada. Y en mantenerse a él mismo abierto, el ensayo cumple con la legitimidad que le permite interponerse al  guardián del calabozo.





“Tetragrammaton” de Mars Volta. Álbum: Amputechture

7 03 2008

            The Mars Volta nos presentaron en su anterior publicación discográfica “Amputechture” un tema peculiarmente compuesto. Después de una espacial canción introductoria, la pieza nombrada “Tetragrammaton” nos sorprende sin avisar y sin dar tiempo a una respuesta. Hemos entrado en el círculo. Tardaremos en salir, porque hay cosas que no podemos controlar. A diferencia de composiciones anteriores de larga durada, el dúo de El Paso ha exprimido casi al máximo todos los recursos que pueden llegar a desplegar sobre las siete notas. No voy a hablar aquí de estilos, patrones o similitudes musicales; esos términos no funcionan demasiado bien en el caso de Cedric y Omar. Prefiero en su caso hablar aquí de situaciones, de espacios abiertos en la nada, de atmósferas, de ráfagas, de vientos que soplan del sur, del norte y de casi todos los recovecos posibles. Aquí empieza el viaje.

            Dime que ha finalizado; que ha acabado para siempre y no volverá a sonar. Pero luego dime que ella siempre seguirá estando con nosotros. Un querer y no poder dejarse de… Un retornar compulsivo y casi indecente. Pero un retornar cada vez distinto, nuevo, renovado y refrescado; pero cada vez el mismo circulo, cerrado, concluso, vertiginoso en su finitud. Sonido del nervio aurico.

                        En tiempos de mezcla y remezcla, un vínculo. Estrecho y tendido entre dos puntos. De esa unión, no una mezcla, sino algo. El algo, necesitado del forcejeo en su gestación, se abre en el parto con el llanto, el grito y el movimiento compulsivo de las manos; como un desorientado buscando un cabo a ciegas entre la espesa niebla de la vida. Desde el primer suspiro expulsado, las raíces que hundían sus dedos en la deuda al pasado, quedan desvinculadas de su deber expiatorio. El fantasma que sigue al recién nacido no volverá a dormir jamás. Es una sombra amarga que se vio liberada de sus cadenas y tan sólo sabe proseguir magnéticamente la pulsión que le dio origen; el primer latido. Sólo el sutil arpegio de esas rasposas cuerdas tensadas, consigue calmar la vorágine.

            La metáfora ocular vence la lucha por auto extraerse de su referente. El esfuerzo por la refriega se autolegitima por el dulzor de dejarse caer del cielo. Levitar. La espera no es espera ya; es un alzarse desde el fértil suelo engendrador. La erótica que de por sí presenta la forma fuerza necesariamente a desviar la atención en un primer encuentro del contenido. Por otra parte, cualquier valoración estética debe de recatar su apreciación a un objeto fragmentado, quebradizo de por sí. Éste mismo carácter infiere al juicio estético a una multiplicidad de discursos que abarque esa fragmentación, esa pluralidad de matices que hace envolvente al proyecto; y otorga a la obra una fragilidad en las juntas que no es -en este caso- solsayable a crítica desde la mirada cercana, próxima e incluso minuciosa. No se dejan atrapar estos personajes ni en las cortas distancias, donde las minucias destierran reyes.

            La capacidad de crear vínculos -metáforas- se asemeja al proceder del artesano orfebre. Utilizando pequeños utensilios bien afilados, se dibujan uno a uno los surcos que erosionan la superficie trabajada. Por medio de diestros movimientos esgrimidos con tensión, repetidos absorbentemente, es como consigue enturbiarse la percepción del sentido y permitir por un momento la aparición de la silueta final. Pero no es hasta el final; largamente esperado, cuando conseguimos intuir la salida. El orfebre consigue su arte mediante el trance en que le introduce el martilleo incesante de sus rasguños sobre lo otro. Eso otro que no se deja ver hasta ser expulsado de nosotros mismos, y que por ser expulsado de nosotros mismos, pierde ya de por sí cualquier posibilidad de ser considerado propio.

           

            De lo que se ha intentado hablar aquí ahora no ha sido otra cosa que un paso y todo lo que ello conlleva. En sentido estricto no es otra cosa que un comentario subjetivo -quizás demasiado-. Versaba sobre una canción, quizás sobre un disco, quizás sobre un grupo, quizás sobre una música que se dirá que alguna vez sonó; quizás sobre nada de ello, quizás sobre la atracción hacia mi mujer niña. En todo caso está claro que aprovecha una situación. El reciente lanzamiento del cuarto disco de The Mars Volta “Bedlam in Goliath” y la muy reciente actuación de Barcelona y Madrid.

            En todo caso, hablemos del paso. Un paso es un dejar un punto para un alcanzar otro. Pero el paso en sí es un dejar sin llegar a dejar totalmente y un alcanzar sin llegar a alcanzar totalmente. Es un dibujar la línea que une dos puntos, pero sólo es ese dibujar, cuando aún no se ha dejado el punto de origen y aún no se ha alcanzado el punto de destino. Es por tanto un proceso, un tránsito, un fluir, un penetrar una caverna desconocida. Un paso es sobrevolar la distancia. Tetragrammaton ha sido el punto de origen, y estas palabras serán el punto de destino cuando concluyan. Evidentemente el paso ha sido impulsado por una fuerza. La fuerza que se requiere para impulsar al paso. El paso es voluntad de avanzar, fuerza impulsiva en movimiento; no retenida. Como el niño al que le perseguía el fantasma que no podrá volver a dormir. El paso -empiécese a leer Mars Volta- , es romper no sólo con el pasado sino con la concepción misma de pasado. No tiene raíces. No es el resultado de ninguna ecuación ni secuencia lógica. Es en sí y por sí algo. Autónomo. Tetragrammaton puede considerarse un paso. Pero más bien cíclico, lo cual permite una rica perspectiva de la propuesta global de The Mars Volta, pero no permite avanzar sino lo justo en el camino. Si más no, y valga la redundancia, es un paso.





9M

6 03 2008

Todo cambia. Todo sigue igual. Difícil encerrona en la que nos vemos envueltos entonces. Me veo casi obligado a concebir una perspectiva superior, o si se prefiere, más alejada para poder discernir sobre lo que realmente suponen las inminentes elecciones estatales para la vida real. Por vida real entiendo aquello que mis manos logran agarrar realmente. Por mis manos entiendo yo las manos de todos aquellos con los que he podido llegar a compartir cinco minutos mínimo de mi vida; eso, espero, bastaría para excluir cualquier personaje públicamente relevante. Por lo tanto la reflexión sobre las próximas elecciones de marzo intenta trazar una línea más o menos objetiva entre yo y la mayoría de los españoles. Pero si mi intención es la de otorgarle a este juicio un valor capaz de sobrevolar la muralla de un escepticismo creado por la encrucijada “todo cambia, todo sigue igual”, se hace necesario repasar la historia reciente en busca de un giro significativo, y otorgar a mi juicio una visión global que permita fundamentar un cambio que esta vez sí cambie las cosas. Ésta “todo cambia pero todo sigue igual”, se podría interpretar optimistamente y recoger su don benévolo en una interminable alternancia en el mando del país que por mucho que nos duela, al final acaba otorgando un bien mayor: la no sumisión a un orden autoritario. Yo nací en la década de los ochenta, y no ha habido cambios drásticos que yo haya podido vivir. Sin embargo, retomando aquella mirada alejada a la que me refería, la historia de España en el último siglo nos ha mostrado un gran cambio: La llegada de la democracia después de una ardua dictadura. Se progresó.

A lo que vengo refiriéndome es al valor legítimo de la política actual en relación al bien que puede otorgarle a una sociedad. Zapatero es el quinto presidente de la España democrática. Tenemos obviamente una democracia joven con respecto a otros países, y al igual que en algunos (la mayoría) de ellos, un sistema que idealmente nacía como el poder del pueblo, se ha convertido en un relevo discontinuo entre dos grandes fuerzas. Ya no se hace ni exigible un cambio hacia un nivel superior. La democracia por si sola se nos vende cómo ese nivel alcanzado. Esa lucha entre dos goliaths que se nos pone ante las narices y a la que se nos obliga a asistir como a tantos otros espectáculos sociales que para nuestro deleite delicadamente se preparan, no logran hacer al espectador (nosotros) coparticipe casi ni en la medida de lo estrictamente necesario. Sin embargo insufla en la sociedad capitalista un énfasis en convertir a todos los pueblos no democráticos en democráticos sea cual sea el precio. Es el privilegio del duelo decisivo. Televisado, sondeado, estudiado hasta la saciedad y hasta comentado minuto a minuto por los medios de comunicación ansiosos de carnaza. Es la guerra entre titanes que todos los pueblos deberían poder poseer. Pero nuestro asiento en el combate nos otorga tan sólo eso, un asiento desde donde mirar. El voto, que ya ha sido lanzado al fuego, es nuestra apuesta; aquello que podemos perder y aquello que podemos ganar. Por eso es importante detenerse un momento a pensar en ello. No sólo se trata de unos billetes. Como en todo combate, lo que se mide aquí son dos fuerzas. Pragmáticamente, fuerzas de convicción.

 

A finales de Febrero los sondeos pronostican unos porcentajes de empate técnico, por lo tanto los últimos golpes deberían de ser cruciales. Idílicamente te entendería que la fuerza de convicción esta sostenida en las ideas. Por lo tanto centro fijamente la mirada en los púgiles. Mis ojos, un instante antes de que la información llegue a mi cerebro vía neuronal, debería de ver dos grandes moles de envergadura envidiable y deliciosa gracilidad lanzarse ganchos a diestro y siniestro sin temor ni de recibir ni de fallar. Pero quizás sea por la distancia, esa distancia que siempre separa, que mi cerebro lee las señales y veo a dos flacuchos personajes, delgados y desgarbados insultarse y escupirse a dos metros el uno del otro. Pocos recursos. Pocas ideas.

Saliendo de metáforas (si es que es eso posible), quizás sea todo cuestión de suerte. Pero, ¿que hay de la suerte de los otros, de los perdedores? Los dos candidatos sueñan en voz alta con la mayoría absoluta, la cual les otorgaría plena libertad parlamentaria para gobernar. El rojo y el azul enfrentados me recuerdan a una batalla entre Coca-Cola y Pepsi. También querrían ambas marcas la totalidad del mercado. Lo que pretendo resaltar aquí es la política que se practica con el otro; con la otrariedad. La peculiaridad de la extrañeza; de ser el extraño y qué hacer con él. Se traza un surco, y lo que queda fuera nada importa. La fuerza empresarial del nosotros. ¿Es acaso esa la pulsión de la voluntad de la mayoría? Ese parece ser en todo caso la estructura de los eslóganes políticos de las fuerzas dominadoras. Cuantos más seamos nosotros, menos ellos. Y nosotros haremos lo que ellos no. ¿Incapacidad de dialogo? El otro queda relegado a la exclusión. La razón que mueve los discursos tiende a instrumentalizar las ideas hacia la supresión del otro por la mera autoafirmación. Aún y cuando los fundamentos de esa autoafirmación tan sólo sean que no se es el otro. Se da entonces una autoafirmación por identificación, es decir, soy superior porque no soy ellos. No se es capaz de presentar sentencias claras que permitan formular una superioridad (ideológica) respecto de las posturas del otro. No se da entonces una diferenciación de bandos, sino un alejamiento. Una distancia que empeora la escucha del otro y por consiguiente, el entendimiento. En la vida real, esto supone la distanciación de las dos mayores mayorías de España.

¿Es acaso este nuestro país un inhóspito lugar para cierta reconciliación entre derecha e izquierda en pos de un aprovechamiento para el pueblo? ¿O es necesidad propia de la evolución que ha tenido la democracia en general? ¿Funcionaria la democracia si el gobierno estuviera presidido por un complejo conjunto de representantes de varias fuerzas políticas? ¿Ha atrapado el capitalismo a la sociedad hasta el punto de forzar a la política a trabajar con sus propios engranajes? Si nos vemos forzados a admitir que la democracia, para poder seguir gobernando, debe presentar a escena la encarnizada lucha consumista de nuestro sistema capitalista; si nos vemos forzados a admitir que sin ese despliegue publicitario bipartidista la política no sería capaz de llamar la atención del electorado; nos vemos forzados a aceptar la poca fuerza teórica que nutre a los partidos (sobre todo a los grandes). Si nuestro vecino, con quién se supone que tenemos que aprender a convivir, se convierte en el otro, y excluimos por tanto sus opiniones; ¿no sería como afirmar que sólo nos interesa vivir entre ese supuesto nosotros? ¿Que el otro en realidad nos sobra?

Si en un principio se planteó coger altura para respirar; ese aliento nos ha permitido descender en picado en un par de ocasiones. Con esas dos visiones, la lejanía y la proximidad, nos han permitido obtener dos imágenes dobles. Dos imágenes: dos bandos y la oposición entre ambos. Dobles: en el pasado y en el presente. El gran cambio sucedió en la Transición. La superación de la democracia entendida como enfrentamiento, como diferenciación violenta; se me plantea como la alternativa más válida de cara a estas próximas elecciones del 9 de Marzo. Ningún partido parece presentar un programa acorde con mi manera de entender el dilema. Tengo que decidirme entonces por las diferentes propuestas en economía, política social, vivienda, justicia, política territorial, terrorismo e inmigración, política exterior, ciencia e investigación, afinidades parlamentarias, reformas educativas o propuestas de progreso. Que curioso ese ahínco por el progreso. Es casi una adicción social. Progreso técnico obviamente, porque es el que produce beneficios. El progreso en la vida real supone que cada vez progresan nuestros gastos para no perder el tren del progreso. El progreso que se hace imperantemente necesario es el social; la necesidad de adecuar nuestra realidad con nuestro idea de ella. Un progreso que permita que algo cambie para que nada vuelva a ser lo mismo. Se hace también aquí vital (para un progreso tal), la desvinculación real del arte y el capitalismo.





ELECCIONES 2008, LA VERGÜENZA Y LOS DEBATES

6 03 2008

Estamos en plena campaña electoral que el 9 de marzo de 2008 nos conducirá a un nuevo gobierno en España. Una campaña en la que el peso ha recaído en los dos partidos con más representación parlamentaria, como son el PSOE y el PP, gobierno y oposición salientes respectivamente. O lo que es lo mismo: José Luis Rodríguez Zapatero contra Mariano Rajoy. Con el riesgo del bipartidismo (por otra parte realista aunque excluyente) y siempre con la sombra del modelo americano presente, los dos debates con más audiencia televisiva en la historia de la televisión en este país han marcado un hito. Después de 15 años sin tenerlos, y con una apariencia bastante moderna, en ellos hemos visto como una exhalación 4 años de gobierno y 4 años de oposición. Han quedado claras las líneas de uno y las tendencias del otro. Se ha visto como uno ha intentado modernizar España desde el poder y el otro no ha dejado de torpedearlo, casi sin descanso.

El PP ha utilizado de forma indigna el terrorismo en esta campaña y ha dejado de banda las formas y la vergüenza ya desde hace mucho tiempo, desde el principio de esta legislatura. Parece mentira que nadie se acuerde del 11-M, de las mentiras del gobierno de Aznar, de Acebes otorgándole la autoría de los atentados a ETA. En ese sentido, han pasado a la acción sin tapujos, saliendo a la luz su verdadera naturaleza. Esa naturaleza no es otra que la que definen a los hijos del franquismo; una ideología oportunista, una nula concienciación social y tolerancia hacia otras posibilidades,negación de la realidad (curiosamente lo que Rajoy echa en cara a Zapatero constantemente), ecc.

En el otro bando, y ya que los otros partidos, nacionalistas sobretodo, poco tendrán que hacer por mucho que pataleen (los apoyos a la hora de formar gobierno salen solos, como los amigos cuando sacas los donetes), la alternativa socialista no es mucho mejor. Es cierto que en el segundo debate sí que ofreció propuestas, aunque muchas sonaran a vacías y respondieran más a una buena táctica contra el acoso y derribo estéril del candidato popular (¿a qué venían esas portadas triunfalistas de diarios afines como La Razón?). Pero es la mejor alternativa, de eso no hay duda. Teniendo en cuenta que la masa de votantes del PP, que casi llegarán a los 10 millones, no se van a dar por aludidos o no tienen vergüenza (también podrían remitirse a la época de corrupción y bandolerismo del PSOE de González), y que en el propio partido (y pese a la desbandada en el caso Gallardón y desaparición públicas de algunos conscientes denostados como Acebes y Zaplana) cierran filas y se conjuran a su “bon vivant” Rajoy, movilizo desde estas líneas a la gente a asumir un mal menor. Todo lo que ha conseguido este gobierno, este país, en estos 4 años, sobretodo en materia social, peligra. Es muy probable que vuelva a ganar el PSOE, pero hay que hacer todo lo posible para debilitar al otro gran partido nacional. Los herederos de Franco no se están de nada e intentan hacerse con el poder a toda costa (la dictadura del dinero y la opresión al desvalido amenazan). Si reciben un buen revés sólo podrá llevarles a un giro de timón, a un principio de cambio que favorecerá el ascenso del ala más moderada del partido, Gallardón y compañía, que es el inicio de un cambio en la concienciación auténtica, que hay que intentar hacer calar en esa población española que vive anclada en desconcertantes tiempos pasados. Y esperemos que el PSOE arranque de una vez y deje de defenderse de los ataques del PP, que tampoco se gana sin propuestas a cumplir, aunque esta vez y casi como en 2004, el voto adquiere un carácter sumamente decisivo.

No se puede hacer nada más al respecto, a no ser que quieras abandonar el país por lo patético que resulta.

Recordemos que nuestra democracia sólo tiene 30 años…





ELECCIONES 9 MARZO. Por: Ferran Carbonés

6 03 2008

Se acerca la gran fecha. El 9 de marzo se celebrarán las elecciones generales, en las cuales se determinará el futuro del Estado por los próximos cuatro años. Toda la responsabilidad recae ahora sobre los ciudadanos. La decisión está en sus manos, ellos tienen la última palabra, su gran momento ha llegado. Y qué gran momento!

Me imagino a alguien metiendo su papeleta en el sobrecito. Luego, mostrando el documento nacional de identidad, llega el momento mágico: El sobrecito se desliza hacia dentro de la urna. Ya está. El ciudadano ya ha cumplido su “deber” político. Aunque este momento ha sido muy efímero, muy fugaz, sin embargo eso es motivo para que se sienta satisfecho y con la conciencia tranquila. Seguramente tiene la sensación de que su voto no es casi nada, pero también piensa que si juntamos muchos “casi nada” resulta de ello algo que sí es algo.

Pues bien, mi sospecha es de que ese algo no es algo, que nuestra fugaz incursión política, la acción de ir a votar, en realidad no cambia nada. A lo sumo, lo que cambia podríamos decir que es el maquillaje, pero el rostro que debajo se esconde permanace inalterado. Para mi, el hecho de que gane un partido u otro implica sólo algunas pequeñas modificaciones. Más intervención del Estado por un lado, menos trabas al libre mercado por el otro, pero en el fondo jugando todos al mismo juego. Ni siquiera es válida hoy en día la distinción izquierdas-derechas. Por ejemplo, votas a unos que en teoría son de izquierda, además de ecologistas y conscientes de las necesidades de la gente, y te sorprenden con una ordenanza cívica en la que toda esponteneidad en la calle queda de antemano cortada.

Creo que nunca antes he sido más consciente que ahora de que tenemos que compartir la existencia con los demás, y la política en este caso es un instrumento que sirve a este fin. Pero creo que esta labor suya ha sido un tanto modificada y la política se nos presenta hoy en día como un ejercicio que ha olvidado esas premisas y parece que quien la ejerce no se preocupe de cumplir estos mandatos, sino que lo hace en provecho propio. Al menos esta es la sensación que uno tiene, y también, por otro lado, estoy seguro de que hay dentro de la política muchas personas honradas que me recomendarían que no generalice. Digo que soy consciente de la necesidad de la polítca y, sin embargo, este año no iré a votar. Y no será vaguería. La decisión de no ir a votar, al menos en mi caso y otra gente con la que comparto opinión, es una decisión política fuerte.

Democracia. Qué gran nombre! Cómo suena de bien! Gobierno por el pueblo y para el pueblo. ¿Tiene algún sentido llamar hoy en día democracia a nuestro sistema político, aunque lleve el adjetivo de representativa? Me temo que no. Estamos inmersos en una ilusión, y el hecho de ir a votar ayuda a que se mantenga. Antes he dicho que el voto no tenía valor, y es que en realidad, los que nos gobiernan no son esos personajes, unos con fondo azul, otros con fondo rojo, que salen a hacer debates en la televisión como si de un partido de la “Champions” se tratase (incluso compiten en audiencia con los “mejores” eventos). Los que realmente tienen la última palabra son los señores al mando de las empresas más potentes. Ellos son los que en realidad deciden. Y aún me atrevería a decir que no son ni ellos, que quien realmente decide es el dinero mismo, ya que es el amo al cual todos sirven sin escrúpulo alguno. Por eso no llamaría yo democracia al sistema que hoy tenemos. Lo llamaría acaso sofistería de los políticos, oligarquía de los ricos o tiranía del dinero. Eso sí, bajo una máscara que llamada democracia representativa electoral. Que palabras tan bonitas…

Por todo eso creo que votar es aceptar este mismo juego. Un juego que en realidad no es un juego, ya que siempre está decidido de antemano quien va a ganar y para ello se modifican e inventan nuevas reglas constantemente. Lo que reivindico con la abstención son las ganas de cambiar de juego, que se torne limpio. Vistas la cosas así, la opción de no votar ya no aparece como un signo de desinterés político o pura vaguería inmadura, aunque no hay forma posible de deslindar las abstenciones que sí son fruto de esto. Se me ocurre una forma de contabilizarlas: Ya que no es vaguería sino decisión política fuerte, todos los que no votemos porque no aceptamos el “juego” vayamos a las urnas y, una vez allí, gritemos: NO!!!! Y que alguien vaya contabilizando… pero eso sí, mostrando el DNI y tachándonos de la lista. No sea caso que volvamos a repetir la operación y se contabilicen más insurgentes de los que hay. Ah! Y de pasada, así ya nos tienen bien registrados y controlados.






NO COUNTRY FOR OLD MEN

6 03 2008

La película que destacamos en esta edición es el último proyecto de los hermanos Coen, lo cual suele ser sinónimo de calidad o, como mínimo, de buen hacer;

pese a que sus 2 últimas películas (Crueldad Intolerable, The Ladykillers) eran más bien flojas, en esta podemos afirmar que han recuperado todo su vigor, enterrando cualquier posibilidad de “vendida” o pérdida de fuelle a lo Scorsese.

Aquí en España se le ha dado una atención especial por el hecho de que uno de sus protagonistas es Javier Bardem, el mejor actor patrio, que se está labrando una carrera inmejorable, anteponiendo la calidad a la cantidad (cosa difícil si empiezas a hacer films en Hollywood) y con un talento fuera de lo común (superando limitaciones físicas como su cara de bruto); en este film, su psicopático personaje, Anton Chigurh, transgrede la pantalla -se come la cámara- agrediendo al espectador más profano, que asiste convulso a una demostración antológica de fuerza y brío. Por eso y porque debe saber moverse bien en los círculos hollywoodienses le han premiado con el Oscar al Mejor Actor de Reparto en la edición de este año.

Volviendo a la película, en lo que respecta a los actores, el gran viejo y siempre sobrio Tommy Lee Jones, junto al sorprendente Josh Brolin (¡era el adolescente de la cinta en el pelo de Los Goonies!), completan un muy buen cast. En una película prácticamente sin música, llena de silencios y de sonidos ambiente, vemos que el trabajo actoral adquiere un peso destacado (a riesgo de un desarrollo lento de la trama). Junto al paisaje texano típicamente americano, un personaje más como se suele decir, la sensación de que en esos valles inmensos y carreteras interestatales eternas puede suceder cualquier cosa, casi siempre mala. En este sentido uno no puede dejar de pensar en Fargo -su premiada película de 1996- ya que en este film los autores consiguieron trasladarnos esta misma sensación: una América profunda dejada de la mano de Dios.

 

 

 

 

 

Pese a que ha conseguido varios premios (entre ellos los Oscar al Mejor Guión, la Mejor Película y al Mejor Director), ésta no es la mejor película de los hermanos; más bien se debe a la sensación de deuda que la Academia de las Artes Americana tenía con estos grandes creadores, un poco al estilo de lo que sucedió el año pasado con Scorsese (parece mentira que consiguiera la estatuílla por Infiltrados echando un vistazo a su filmografía anterior).

Ya para acabar, decir que se trata de un buen producto, que bebe de las fuentes clásicas (esa narración lenta pero bien ordenada, clara para el espectador) y además tiene sentido, lo cual ya es mucho para los tiempos que corren. Responde a una adaptación literaria de la novela homónima de Corman McCarthy. “Adaptación significa cortar y más cortar”, decían los cineastas. Pero en este caso no se pierde la esencia y más bien se complementan ambos productos, como ya hiciera Quentin Tarantino en Jackie Brown con Elmore Leonard, y ahí radica su triunfo, como si uno estuviera en el mundo ahí para el otro, permitiéndose explorar territorios no visitados antes por ninguno de los dos.

En resumen, una de las películas del año que no hay que perderse; garantizo que no se dormirán y que disfrutarán como nunca de uno de los nuestros, Javier Bardem, en una actuación memorable.