Todo cambia. Todo sigue igual. Difícil encerrona en la que nos vemos envueltos entonces. Me veo casi obligado a concebir una perspectiva superior, o si se prefiere, más alejada para poder discernir sobre lo que realmente suponen las inminentes elecciones estatales para la vida real. Por vida real entiendo aquello que mis manos logran agarrar realmente. Por mis manos entiendo yo las manos de todos aquellos con los que he podido llegar a compartir cinco minutos mínimo de mi vida; eso, espero, bastaría para excluir cualquier personaje públicamente relevante. Por lo tanto la reflexión sobre las próximas elecciones de marzo intenta trazar una línea más o menos objetiva entre yo y la mayoría de los españoles. Pero si mi intención es la de otorgarle a este juicio un valor capaz de sobrevolar la muralla de un escepticismo creado por la encrucijada “todo cambia, todo sigue igual”, se hace necesario repasar la historia reciente en busca de un giro significativo, y otorgar a mi juicio una visión global que permita fundamentar un cambio que esta vez sí cambie las cosas. Ésta “todo cambia pero todo sigue igual”, se podría interpretar optimistamente y recoger su don benévolo en una interminable alternancia en el mando del país que por mucho que nos duela, al final acaba otorgando un bien mayor: la no sumisión a un orden autoritario. Yo nací en la década de los ochenta, y no ha habido cambios drásticos que yo haya podido vivir. Sin embargo, retomando aquella mirada alejada a la que me refería, la historia de España en el último siglo nos ha mostrado un gran cambio: La llegada de la democracia después de una ardua dictadura. Se progresó.
A lo que vengo refiriéndome es al valor legítimo de la política actual en relación al bien que puede otorgarle a una sociedad. Zapatero es el quinto presidente de la España democrática. Tenemos obviamente una democracia joven con respecto a otros países, y al igual que en algunos (la mayoría) de ellos, un sistema que idealmente nacía como el poder del pueblo, se ha convertido en un relevo discontinuo entre dos grandes fuerzas. Ya no se hace ni exigible un cambio hacia un nivel superior. La democracia por si sola se nos vende cómo ese nivel alcanzado. Esa lucha entre dos goliaths que se nos pone ante las narices y a la que se nos obliga a asistir como a tantos otros espectáculos sociales que para nuestro deleite delicadamente se preparan, no logran hacer al espectador (nosotros) coparticipe casi ni en la medida de lo estrictamente necesario. Sin embargo insufla en la sociedad capitalista un énfasis en convertir a todos los pueblos no democráticos en democráticos sea cual sea el precio. Es el privilegio del duelo decisivo. Televisado, sondeado, estudiado hasta la saciedad y hasta comentado minuto a minuto por los medios de comunicación ansiosos de carnaza. Es la guerra entre titanes que todos los pueblos deberían poder poseer. Pero nuestro asiento en el combate nos otorga tan sólo eso, un asiento desde donde mirar. El voto, que ya ha sido lanzado al fuego, es nuestra apuesta; aquello que podemos perder y aquello que podemos ganar. Por eso es importante detenerse un momento a pensar en ello. No sólo se trata de unos billetes. Como en todo combate, lo que se mide aquí son dos fuerzas. Pragmáticamente, fuerzas de convicción.

A finales de Febrero los sondeos pronostican unos porcentajes de empate técnico, por lo tanto los últimos golpes deberían de ser cruciales. Idílicamente te entendería que la fuerza de convicción esta sostenida en las ideas. Por lo tanto centro fijamente la mirada en los púgiles. Mis ojos, un instante antes de que la información llegue a mi cerebro vía neuronal, debería de ver dos grandes moles de envergadura envidiable y deliciosa gracilidad lanzarse ganchos a diestro y siniestro sin temor ni de recibir ni de fallar. Pero quizás sea por la distancia, esa distancia que siempre separa, que mi cerebro lee las señales y veo a dos flacuchos personajes, delgados y desgarbados insultarse y escupirse a dos metros el uno del otro. Pocos recursos. Pocas ideas.
Saliendo de metáforas (si es que es eso posible), quizás sea todo cuestión de suerte. Pero, ¿que hay de la suerte de los otros, de los perdedores? Los dos candidatos sueñan en voz alta con la mayoría absoluta, la cual les otorgaría plena libertad parlamentaria para gobernar. El rojo y el azul enfrentados me recuerdan a una batalla entre Coca-Cola y Pepsi. También querrían ambas marcas la totalidad del mercado. Lo que pretendo resaltar aquí es la política que se practica con el otro; con la otrariedad. La peculiaridad de la extrañeza; de ser el extraño y qué hacer con él. Se traza un surco, y lo que queda fuera nada importa. La fuerza empresarial del nosotros. ¿Es acaso esa la pulsión de la voluntad de la mayoría? Ese parece ser en todo caso la estructura de los eslóganes políticos de las fuerzas dominadoras. Cuantos más seamos nosotros, menos ellos. Y nosotros haremos lo que ellos no. ¿Incapacidad de dialogo? El otro queda relegado a la exclusión. La razón que mueve los discursos tiende a instrumentalizar las ideas hacia la supresión del otro por la mera autoafirmación. Aún y cuando los fundamentos de esa autoafirmación tan sólo sean que no se es el otro. Se da entonces una autoafirmación por identificación, es decir, soy superior porque no soy ellos. No se es capaz de presentar sentencias claras que permitan formular una superioridad (ideológica) respecto de las posturas del otro. No se da entonces una diferenciación de bandos, sino un alejamiento. Una distancia que empeora la escucha del otro y por consiguiente, el entendimiento. En la vida real, esto supone la distanciación de las dos mayores mayorías de España.

¿Es acaso este nuestro país un inhóspito lugar para cierta reconciliación entre derecha e izquierda en pos de un aprovechamiento para el pueblo? ¿O es necesidad propia de la evolución que ha tenido la democracia en general? ¿Funcionaria la democracia si el gobierno estuviera presidido por un complejo conjunto de representantes de varias fuerzas políticas? ¿Ha atrapado el capitalismo a la sociedad hasta el punto de forzar a la política a trabajar con sus propios engranajes? Si nos vemos forzados a admitir que la democracia, para poder seguir gobernando, debe presentar a escena la encarnizada lucha consumista de nuestro sistema capitalista; si nos vemos forzados a admitir que sin ese despliegue publicitario bipartidista la política no sería capaz de llamar la atención del electorado; nos vemos forzados a aceptar la poca fuerza teórica que nutre a los partidos (sobre todo a los grandes). Si nuestro vecino, con quién se supone que tenemos que aprender a convivir, se convierte en el otro, y excluimos por tanto sus opiniones; ¿no sería como afirmar que sólo nos interesa vivir entre ese supuesto nosotros? ¿Que el otro en realidad nos sobra?
Si en un principio se planteó coger altura para respirar; ese aliento nos ha permitido descender en picado en un par de ocasiones. Con esas dos visiones, la lejanía y la proximidad, nos han permitido obtener dos imágenes dobles. Dos imágenes: dos bandos y la oposición entre ambos. Dobles: en el pasado y en el presente. El gran cambio sucedió en la Transición. La superación de la democracia entendida como enfrentamiento, como diferenciación violenta; se me plantea como la alternativa más válida de cara a estas próximas elecciones del 9 de Marzo. Ningún partido parece presentar un programa acorde con mi manera de entender el dilema. Tengo que decidirme entonces por las diferentes propuestas en economía, política social, vivienda, justicia, política territorial, terrorismo e inmigración, política exterior, ciencia e investigación, afinidades parlamentarias, reformas educativas o propuestas de progreso. Que curioso ese ahínco por el progreso. Es casi una adicción social. Progreso técnico obviamente, porque es el que produce beneficios. El progreso en la vida real supone que cada vez progresan nuestros gastos para no perder el tren del progreso. El progreso que se hace imperantemente necesario es el social; la necesidad de adecuar nuestra realidad con nuestro idea de ella. Un progreso que permita que algo cambie para que nada vuelva a ser lo mismo. Se hace también aquí vital (para un progreso tal), la desvinculación real del arte y el capitalismo.



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