9M

6 03 2008

Todo cambia. Todo sigue igual. Difícil encerrona en la que nos vemos envueltos entonces. Me veo casi obligado a concebir una perspectiva superior, o si se prefiere, más alejada para poder discernir sobre lo que realmente suponen las inminentes elecciones estatales para la vida real. Por vida real entiendo aquello que mis manos logran agarrar realmente. Por mis manos entiendo yo las manos de todos aquellos con los que he podido llegar a compartir cinco minutos mínimo de mi vida; eso, espero, bastaría para excluir cualquier personaje públicamente relevante. Por lo tanto la reflexión sobre las próximas elecciones de marzo intenta trazar una línea más o menos objetiva entre yo y la mayoría de los españoles. Pero si mi intención es la de otorgarle a este juicio un valor capaz de sobrevolar la muralla de un escepticismo creado por la encrucijada “todo cambia, todo sigue igual”, se hace necesario repasar la historia reciente en busca de un giro significativo, y otorgar a mi juicio una visión global que permita fundamentar un cambio que esta vez sí cambie las cosas. Ésta “todo cambia pero todo sigue igual”, se podría interpretar optimistamente y recoger su don benévolo en una interminable alternancia en el mando del país que por mucho que nos duela, al final acaba otorgando un bien mayor: la no sumisión a un orden autoritario. Yo nací en la década de los ochenta, y no ha habido cambios drásticos que yo haya podido vivir. Sin embargo, retomando aquella mirada alejada a la que me refería, la historia de España en el último siglo nos ha mostrado un gran cambio: La llegada de la democracia después de una ardua dictadura. Se progresó.

A lo que vengo refiriéndome es al valor legítimo de la política actual en relación al bien que puede otorgarle a una sociedad. Zapatero es el quinto presidente de la España democrática. Tenemos obviamente una democracia joven con respecto a otros países, y al igual que en algunos (la mayoría) de ellos, un sistema que idealmente nacía como el poder del pueblo, se ha convertido en un relevo discontinuo entre dos grandes fuerzas. Ya no se hace ni exigible un cambio hacia un nivel superior. La democracia por si sola se nos vende cómo ese nivel alcanzado. Esa lucha entre dos goliaths que se nos pone ante las narices y a la que se nos obliga a asistir como a tantos otros espectáculos sociales que para nuestro deleite delicadamente se preparan, no logran hacer al espectador (nosotros) coparticipe casi ni en la medida de lo estrictamente necesario. Sin embargo insufla en la sociedad capitalista un énfasis en convertir a todos los pueblos no democráticos en democráticos sea cual sea el precio. Es el privilegio del duelo decisivo. Televisado, sondeado, estudiado hasta la saciedad y hasta comentado minuto a minuto por los medios de comunicación ansiosos de carnaza. Es la guerra entre titanes que todos los pueblos deberían poder poseer. Pero nuestro asiento en el combate nos otorga tan sólo eso, un asiento desde donde mirar. El voto, que ya ha sido lanzado al fuego, es nuestra apuesta; aquello que podemos perder y aquello que podemos ganar. Por eso es importante detenerse un momento a pensar en ello. No sólo se trata de unos billetes. Como en todo combate, lo que se mide aquí son dos fuerzas. Pragmáticamente, fuerzas de convicción.

 

A finales de Febrero los sondeos pronostican unos porcentajes de empate técnico, por lo tanto los últimos golpes deberían de ser cruciales. Idílicamente te entendería que la fuerza de convicción esta sostenida en las ideas. Por lo tanto centro fijamente la mirada en los púgiles. Mis ojos, un instante antes de que la información llegue a mi cerebro vía neuronal, debería de ver dos grandes moles de envergadura envidiable y deliciosa gracilidad lanzarse ganchos a diestro y siniestro sin temor ni de recibir ni de fallar. Pero quizás sea por la distancia, esa distancia que siempre separa, que mi cerebro lee las señales y veo a dos flacuchos personajes, delgados y desgarbados insultarse y escupirse a dos metros el uno del otro. Pocos recursos. Pocas ideas.

Saliendo de metáforas (si es que es eso posible), quizás sea todo cuestión de suerte. Pero, ¿que hay de la suerte de los otros, de los perdedores? Los dos candidatos sueñan en voz alta con la mayoría absoluta, la cual les otorgaría plena libertad parlamentaria para gobernar. El rojo y el azul enfrentados me recuerdan a una batalla entre Coca-Cola y Pepsi. También querrían ambas marcas la totalidad del mercado. Lo que pretendo resaltar aquí es la política que se practica con el otro; con la otrariedad. La peculiaridad de la extrañeza; de ser el extraño y qué hacer con él. Se traza un surco, y lo que queda fuera nada importa. La fuerza empresarial del nosotros. ¿Es acaso esa la pulsión de la voluntad de la mayoría? Ese parece ser en todo caso la estructura de los eslóganes políticos de las fuerzas dominadoras. Cuantos más seamos nosotros, menos ellos. Y nosotros haremos lo que ellos no. ¿Incapacidad de dialogo? El otro queda relegado a la exclusión. La razón que mueve los discursos tiende a instrumentalizar las ideas hacia la supresión del otro por la mera autoafirmación. Aún y cuando los fundamentos de esa autoafirmación tan sólo sean que no se es el otro. Se da entonces una autoafirmación por identificación, es decir, soy superior porque no soy ellos. No se es capaz de presentar sentencias claras que permitan formular una superioridad (ideológica) respecto de las posturas del otro. No se da entonces una diferenciación de bandos, sino un alejamiento. Una distancia que empeora la escucha del otro y por consiguiente, el entendimiento. En la vida real, esto supone la distanciación de las dos mayores mayorías de España.

¿Es acaso este nuestro país un inhóspito lugar para cierta reconciliación entre derecha e izquierda en pos de un aprovechamiento para el pueblo? ¿O es necesidad propia de la evolución que ha tenido la democracia en general? ¿Funcionaria la democracia si el gobierno estuviera presidido por un complejo conjunto de representantes de varias fuerzas políticas? ¿Ha atrapado el capitalismo a la sociedad hasta el punto de forzar a la política a trabajar con sus propios engranajes? Si nos vemos forzados a admitir que la democracia, para poder seguir gobernando, debe presentar a escena la encarnizada lucha consumista de nuestro sistema capitalista; si nos vemos forzados a admitir que sin ese despliegue publicitario bipartidista la política no sería capaz de llamar la atención del electorado; nos vemos forzados a aceptar la poca fuerza teórica que nutre a los partidos (sobre todo a los grandes). Si nuestro vecino, con quién se supone que tenemos que aprender a convivir, se convierte en el otro, y excluimos por tanto sus opiniones; ¿no sería como afirmar que sólo nos interesa vivir entre ese supuesto nosotros? ¿Que el otro en realidad nos sobra?

Si en un principio se planteó coger altura para respirar; ese aliento nos ha permitido descender en picado en un par de ocasiones. Con esas dos visiones, la lejanía y la proximidad, nos han permitido obtener dos imágenes dobles. Dos imágenes: dos bandos y la oposición entre ambos. Dobles: en el pasado y en el presente. El gran cambio sucedió en la Transición. La superación de la democracia entendida como enfrentamiento, como diferenciación violenta; se me plantea como la alternativa más válida de cara a estas próximas elecciones del 9 de Marzo. Ningún partido parece presentar un programa acorde con mi manera de entender el dilema. Tengo que decidirme entonces por las diferentes propuestas en economía, política social, vivienda, justicia, política territorial, terrorismo e inmigración, política exterior, ciencia e investigación, afinidades parlamentarias, reformas educativas o propuestas de progreso. Que curioso ese ahínco por el progreso. Es casi una adicción social. Progreso técnico obviamente, porque es el que produce beneficios. El progreso en la vida real supone que cada vez progresan nuestros gastos para no perder el tren del progreso. El progreso que se hace imperantemente necesario es el social; la necesidad de adecuar nuestra realidad con nuestro idea de ella. Un progreso que permita que algo cambie para que nada vuelva a ser lo mismo. Se hace también aquí vital (para un progreso tal), la desvinculación real del arte y el capitalismo.





ELECCIONES 2008, LA VERGÜENZA Y LOS DEBATES

6 03 2008

Estamos en plena campaña electoral que el 9 de marzo de 2008 nos conducirá a un nuevo gobierno en España. Una campaña en la que el peso ha recaído en los dos partidos con más representación parlamentaria, como son el PSOE y el PP, gobierno y oposición salientes respectivamente. O lo que es lo mismo: José Luis Rodríguez Zapatero contra Mariano Rajoy. Con el riesgo del bipartidismo (por otra parte realista aunque excluyente) y siempre con la sombra del modelo americano presente, los dos debates con más audiencia televisiva en la historia de la televisión en este país han marcado un hito. Después de 15 años sin tenerlos, y con una apariencia bastante moderna, en ellos hemos visto como una exhalación 4 años de gobierno y 4 años de oposición. Han quedado claras las líneas de uno y las tendencias del otro. Se ha visto como uno ha intentado modernizar España desde el poder y el otro no ha dejado de torpedearlo, casi sin descanso.

El PP ha utilizado de forma indigna el terrorismo en esta campaña y ha dejado de banda las formas y la vergüenza ya desde hace mucho tiempo, desde el principio de esta legislatura. Parece mentira que nadie se acuerde del 11-M, de las mentiras del gobierno de Aznar, de Acebes otorgándole la autoría de los atentados a ETA. En ese sentido, han pasado a la acción sin tapujos, saliendo a la luz su verdadera naturaleza. Esa naturaleza no es otra que la que definen a los hijos del franquismo; una ideología oportunista, una nula concienciación social y tolerancia hacia otras posibilidades,negación de la realidad (curiosamente lo que Rajoy echa en cara a Zapatero constantemente), ecc.

En el otro bando, y ya que los otros partidos, nacionalistas sobretodo, poco tendrán que hacer por mucho que pataleen (los apoyos a la hora de formar gobierno salen solos, como los amigos cuando sacas los donetes), la alternativa socialista no es mucho mejor. Es cierto que en el segundo debate sí que ofreció propuestas, aunque muchas sonaran a vacías y respondieran más a una buena táctica contra el acoso y derribo estéril del candidato popular (¿a qué venían esas portadas triunfalistas de diarios afines como La Razón?). Pero es la mejor alternativa, de eso no hay duda. Teniendo en cuenta que la masa de votantes del PP, que casi llegarán a los 10 millones, no se van a dar por aludidos o no tienen vergüenza (también podrían remitirse a la época de corrupción y bandolerismo del PSOE de González), y que en el propio partido (y pese a la desbandada en el caso Gallardón y desaparición públicas de algunos conscientes denostados como Acebes y Zaplana) cierran filas y se conjuran a su “bon vivant” Rajoy, movilizo desde estas líneas a la gente a asumir un mal menor. Todo lo que ha conseguido este gobierno, este país, en estos 4 años, sobretodo en materia social, peligra. Es muy probable que vuelva a ganar el PSOE, pero hay que hacer todo lo posible para debilitar al otro gran partido nacional. Los herederos de Franco no se están de nada e intentan hacerse con el poder a toda costa (la dictadura del dinero y la opresión al desvalido amenazan). Si reciben un buen revés sólo podrá llevarles a un giro de timón, a un principio de cambio que favorecerá el ascenso del ala más moderada del partido, Gallardón y compañía, que es el inicio de un cambio en la concienciación auténtica, que hay que intentar hacer calar en esa población española que vive anclada en desconcertantes tiempos pasados. Y esperemos que el PSOE arranque de una vez y deje de defenderse de los ataques del PP, que tampoco se gana sin propuestas a cumplir, aunque esta vez y casi como en 2004, el voto adquiere un carácter sumamente decisivo.

No se puede hacer nada más al respecto, a no ser que quieras abandonar el país por lo patético que resulta.

Recordemos que nuestra democracia sólo tiene 30 años…





ELECCIONES 9 MARZO. Por: Ferran Carbonés

6 03 2008

Se acerca la gran fecha. El 9 de marzo se celebrarán las elecciones generales, en las cuales se determinará el futuro del Estado por los próximos cuatro años. Toda la responsabilidad recae ahora sobre los ciudadanos. La decisión está en sus manos, ellos tienen la última palabra, su gran momento ha llegado. Y qué gran momento!

Me imagino a alguien metiendo su papeleta en el sobrecito. Luego, mostrando el documento nacional de identidad, llega el momento mágico: El sobrecito se desliza hacia dentro de la urna. Ya está. El ciudadano ya ha cumplido su “deber” político. Aunque este momento ha sido muy efímero, muy fugaz, sin embargo eso es motivo para que se sienta satisfecho y con la conciencia tranquila. Seguramente tiene la sensación de que su voto no es casi nada, pero también piensa que si juntamos muchos “casi nada” resulta de ello algo que sí es algo.

Pues bien, mi sospecha es de que ese algo no es algo, que nuestra fugaz incursión política, la acción de ir a votar, en realidad no cambia nada. A lo sumo, lo que cambia podríamos decir que es el maquillaje, pero el rostro que debajo se esconde permanace inalterado. Para mi, el hecho de que gane un partido u otro implica sólo algunas pequeñas modificaciones. Más intervención del Estado por un lado, menos trabas al libre mercado por el otro, pero en el fondo jugando todos al mismo juego. Ni siquiera es válida hoy en día la distinción izquierdas-derechas. Por ejemplo, votas a unos que en teoría son de izquierda, además de ecologistas y conscientes de las necesidades de la gente, y te sorprenden con una ordenanza cívica en la que toda esponteneidad en la calle queda de antemano cortada.

Creo que nunca antes he sido más consciente que ahora de que tenemos que compartir la existencia con los demás, y la política en este caso es un instrumento que sirve a este fin. Pero creo que esta labor suya ha sido un tanto modificada y la política se nos presenta hoy en día como un ejercicio que ha olvidado esas premisas y parece que quien la ejerce no se preocupe de cumplir estos mandatos, sino que lo hace en provecho propio. Al menos esta es la sensación que uno tiene, y también, por otro lado, estoy seguro de que hay dentro de la política muchas personas honradas que me recomendarían que no generalice. Digo que soy consciente de la necesidad de la polítca y, sin embargo, este año no iré a votar. Y no será vaguería. La decisión de no ir a votar, al menos en mi caso y otra gente con la que comparto opinión, es una decisión política fuerte.

Democracia. Qué gran nombre! Cómo suena de bien! Gobierno por el pueblo y para el pueblo. ¿Tiene algún sentido llamar hoy en día democracia a nuestro sistema político, aunque lleve el adjetivo de representativa? Me temo que no. Estamos inmersos en una ilusión, y el hecho de ir a votar ayuda a que se mantenga. Antes he dicho que el voto no tenía valor, y es que en realidad, los que nos gobiernan no son esos personajes, unos con fondo azul, otros con fondo rojo, que salen a hacer debates en la televisión como si de un partido de la “Champions” se tratase (incluso compiten en audiencia con los “mejores” eventos). Los que realmente tienen la última palabra son los señores al mando de las empresas más potentes. Ellos son los que en realidad deciden. Y aún me atrevería a decir que no son ni ellos, que quien realmente decide es el dinero mismo, ya que es el amo al cual todos sirven sin escrúpulo alguno. Por eso no llamaría yo democracia al sistema que hoy tenemos. Lo llamaría acaso sofistería de los políticos, oligarquía de los ricos o tiranía del dinero. Eso sí, bajo una máscara que llamada democracia representativa electoral. Que palabras tan bonitas…

Por todo eso creo que votar es aceptar este mismo juego. Un juego que en realidad no es un juego, ya que siempre está decidido de antemano quien va a ganar y para ello se modifican e inventan nuevas reglas constantemente. Lo que reivindico con la abstención son las ganas de cambiar de juego, que se torne limpio. Vistas la cosas así, la opción de no votar ya no aparece como un signo de desinterés político o pura vaguería inmadura, aunque no hay forma posible de deslindar las abstenciones que sí son fruto de esto. Se me ocurre una forma de contabilizarlas: Ya que no es vaguería sino decisión política fuerte, todos los que no votemos porque no aceptamos el “juego” vayamos a las urnas y, una vez allí, gritemos: NO!!!! Y que alguien vaya contabilizando… pero eso sí, mostrando el DNI y tachándonos de la lista. No sea caso que volvamos a repetir la operación y se contabilicen más insurgentes de los que hay. Ah! Y de pasada, así ya nos tienen bien registrados y controlados.






NO COUNTRY FOR OLD MEN

6 03 2008

La película que destacamos en esta edición es el último proyecto de los hermanos Coen, lo cual suele ser sinónimo de calidad o, como mínimo, de buen hacer;

pese a que sus 2 últimas películas (Crueldad Intolerable, The Ladykillers) eran más bien flojas, en esta podemos afirmar que han recuperado todo su vigor, enterrando cualquier posibilidad de “vendida” o pérdida de fuelle a lo Scorsese.

Aquí en España se le ha dado una atención especial por el hecho de que uno de sus protagonistas es Javier Bardem, el mejor actor patrio, que se está labrando una carrera inmejorable, anteponiendo la calidad a la cantidad (cosa difícil si empiezas a hacer films en Hollywood) y con un talento fuera de lo común (superando limitaciones físicas como su cara de bruto); en este film, su psicopático personaje, Anton Chigurh, transgrede la pantalla -se come la cámara- agrediendo al espectador más profano, que asiste convulso a una demostración antológica de fuerza y brío. Por eso y porque debe saber moverse bien en los círculos hollywoodienses le han premiado con el Oscar al Mejor Actor de Reparto en la edición de este año.

Volviendo a la película, en lo que respecta a los actores, el gran viejo y siempre sobrio Tommy Lee Jones, junto al sorprendente Josh Brolin (¡era el adolescente de la cinta en el pelo de Los Goonies!), completan un muy buen cast. En una película prácticamente sin música, llena de silencios y de sonidos ambiente, vemos que el trabajo actoral adquiere un peso destacado (a riesgo de un desarrollo lento de la trama). Junto al paisaje texano típicamente americano, un personaje más como se suele decir, la sensación de que en esos valles inmensos y carreteras interestatales eternas puede suceder cualquier cosa, casi siempre mala. En este sentido uno no puede dejar de pensar en Fargo -su premiada película de 1996- ya que en este film los autores consiguieron trasladarnos esta misma sensación: una América profunda dejada de la mano de Dios.

 

 

 

 

 

Pese a que ha conseguido varios premios (entre ellos los Oscar al Mejor Guión, la Mejor Película y al Mejor Director), ésta no es la mejor película de los hermanos; más bien se debe a la sensación de deuda que la Academia de las Artes Americana tenía con estos grandes creadores, un poco al estilo de lo que sucedió el año pasado con Scorsese (parece mentira que consiguiera la estatuílla por Infiltrados echando un vistazo a su filmografía anterior).

Ya para acabar, decir que se trata de un buen producto, que bebe de las fuentes clásicas (esa narración lenta pero bien ordenada, clara para el espectador) y además tiene sentido, lo cual ya es mucho para los tiempos que corren. Responde a una adaptación literaria de la novela homónima de Corman McCarthy. “Adaptación significa cortar y más cortar”, decían los cineastas. Pero en este caso no se pierde la esencia y más bien se complementan ambos productos, como ya hiciera Quentin Tarantino en Jackie Brown con Elmore Leonard, y ahí radica su triunfo, como si uno estuviera en el mundo ahí para el otro, permitiéndose explorar territorios no visitados antes por ninguno de los dos.

En resumen, una de las películas del año que no hay que perderse; garantizo que no se dormirán y que disfrutarán como nunca de uno de los nuestros, Javier Bardem, en una actuación memorable.