“La herencia del olvido” -Reyes Mate; Ed. errata naturae

1 10 2008
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Reyes Mate es conocido por su actividad dentro del Instituto de Filosofía del CSIC, por ser director del proyecto de La Enciclopédia Iberoamericana de Filosofía y por sus múltiples ensayos publicados tanto en Ed. Trotta como en Ed. Anthropos. Su última publicación viene a iniciar la colección “Los Agripianos” de editoria errata naturae ( http://erratanaturae.com/agripianos.php ), dedicada a la filosofía. Reyes Mate ha pensado en sus ensayos sobre la filosofía después del holocausto, y en “Herencia del Olvido” esa motivación adquiere una mirada lanzada al futuro. La obra está escrita con carácter rizomatico, no se trata por tanto de un desplegamiento continuo de proposiciones siguiendo un orden lógico estricto. Pretende más bien mostrar las luces y las sombras de una problemática desde el mosaico dibujado por algunas raíces espaciales. Los temas de los que se habla fecundan en el cruce entre lo iberoamericano, lo judío, la memoria y la actualidad.

Como hemos dicho, el punto de vista pretende enfocar el horizonte por venir y trazar algunos puntos de fuga hacía él. El pensamiento desde el margen, Walter Benjamin, frenar el tren del progreso o la sociedad contemporanea como catolicismo secularizado (que no secularización del cristianismo), son algunas de esas luces y esas sombras que se muestran. A ello hay que sumarle la reflexión en torno al castellano como lengua filosófica legítima. Como comenta Reyes Mate, ya Heidegger dejó claro que sólo es posible pensar la Filosofía (como el pensamiento de Occidente) en griego o alemán, y también Hegel sentenció que el espiritu de la razón sólo podía darse en la lengua de la cultura germánica. Por lo tanto la reflexión inicial de la obra sobre el peso de la lengua castella para el debenir futuro de la filosofía, sirve como legitimación de lo que se dirá después, del mismo modo que sitúa la reflexión en una doble problemática: por un lado los problemas actuales respecto a los temas tratados, y por otro la problemática teórica de tratarlos desde el castellano. Tal aspecto me parece un tema muy oportuno, ya que es habitual tratar desde nuestra lengua autores totalmente foráneos. El desnivel de la traducción (tema sumamente recurrente en filosofía) siempre ha servido como excusa para relegar la reflexión iberoamericana fuera de la más pungiente actualidad y notoriedad. Si bien es también claro que el inglés ha relegado en gran medida al griego y el alemán en nuestros dias, es también cierto que las lenguas castellanas deben situarse ante tal monopolio debido a su gran número de usuarios.

Reyes Mate

Pero al sopesar dicho posicionamieno, surgen los debates en torno a la tradición de la cultura iberoamericana, su deuda historica, la sangre, los puntos ciegos que se borraron y los que perviven ocultos espectantes de esa mirada que les dé luz. A todo esto habría que añadir que una tradición filosófica que se pretende legitimar desde una lengua o un territorio delimitados, debe alzarse vertical; esto es, hundir sus fundamentos en la cultura de dicha lengua o territorio. De ese modo Reyes Mate argumenta sus posiciones desde obras de autores como García Márquez. Por que la importancia de la reflexión iberoamericana quizás tenga más que ver con Macondo y su olvido, o la postpoética de Fernández Mallo; que con Proust, Kafka o Hölderling. Más con Franco y Colón que con Hitler o Ulisses. La barbárie y el holocausto también sucedieron en latinoamerica, y en esos sucesos, la lengua es un lazo de sangre.

La obra y los temas que incluye me parecen de suma importancia a la hora de plantearnos el vínculo con aquellos con los que compartimos lengua; también para afrontar esa deuda que ya se da a conocer como “memória histórica” y que tiene por compromiso sacar a luz a las victimas y su sufrimiento. Tales problemáticas van a ser difíciles de reflexionar por la disparidad de posiciones dentro de la misma comunidad y por la radicalidad de algunas de ellas que hacen casi imposible el consenso. Es una ardúa tarea que en mi opinión no debe dejar de lado a la filosofía de aquí de practica, como tampoco puede ser relegada a un mero apéndice dentro de nuestro orden de propouestas en un marco filosófico más global. Las cartas están sobre la mesa, es ahora turno de los nuevos pensadores recojer la jugada y decidir si continuarla o no; en juego podría estar cierta autonomía como cultura filosófica legítima.

agripiano

agripiano





Palabras

29 07 2008


¿Y si alguién osara a elevar su mano y pronunciar sin compasión algúna que las palabras ya carecen de sentido? Como la moneda usada y reusada una y otra vez, incapaz de saciar apetito ninguno. Ni tan siquiera el de expresarse sin ser escuchado. Caería él mismo en la paradoja del vacío de sus palabras; pero la misma ausencia de sentido atendería a la paradoja mimsa. Ésta sería manca y coja, se arrastraría como todos hacemos en medio del desconsuelo. ¿Podríase sin embargo seguir pensando? ¿Puede acaso respirarse la espuma? La mutación sería entonces más que nunca necesaria. No ya la metamorfósis, pués ésta ya posee en sí, en su esencia, la forma futura aún y siempre por venir; y de algún modo intuye las carencias por suplir. ¿Hemos hecho a acaso otra cosa que mutar a lo largo de eso que llamamos historia? ¿Y si la misma denominación de historia no fuera más que una correlación de signos al azar sin sentido alguno, existiría historia alguna que contar? ¿Qiuén se atrevería a darle valor a un juicio en tal situación?

Es legitimo pensar las palabras y por ende el lenguaje textual en todas sus vertientes como simple arena por amasar. Por diversión o por arte, pero sin valor objetivo ni dialético. ¿Tiene más sentido el grito desgarrador del cante jondo que cualquier obra de los griegos? ¿Debemos asumir que ante la imposivilidad de comunicación verbal, tan sólo nos que la impresión, el destello, la magia, el hechizo? ¿Y cómo nombrarlo? Si es legítimo pensar tal cuestión, sabemos ya de partida que no lo es escribirla ni leerla. ¿Es válida entonces la acción? ¿No amamos acaso sin saber aún que es el amor? Me pregunto si cabe aun hoy día seguir pensando en el amor con palabras. Como aquél, que de tanto escribir como amaba, acabo amando como escribía. Si la llama no deja de arder cuando apartamos nuestra mirada de ella, ¿porqué ibamos a dejar de entendernos si dejamos de usar esas palabras y ese lenguaje? Si eliminamos las palabras hasta ahora pactadas como signos representativos, pueden sin embargo permanecer las letras. Con tal gesto se pretendería suprimir el hilo de litio que une cada palabra con su representación exterior, y presentar el signo como marca historicamente subjetiva de los emisores. Con el rehuso a esa representación explícita, el contenido del mesaje se evapora y se hace inútil la intencionalidad dirigida hacia el traspaso, hacia el trasbase de datos exitoso. En su lugar se presenta la fuga, la imposibilidad lógica de aceptar un referente auténtico, una dispersión de contenido y forma, surcos de humo que ascienden y se desvanecen enmascarando al pianista de misterio.

Comunicación entendida para suscitar, no para ser descodificada; más hermanada con la sutileza jazzística que con la elocuencia clásica casi onírica. El arte del trazo más que el del retrato. Quizá sea estremecedor la aceptación explítita de dicha postura, pero entendida evolutivamente no deja de recorrer su camino casi paralelamente al desarrollo actual de las gergas; suprimiendo viejos significantes por otros de nuevos. Pero en ese caso se mantiene la relación representativa entre lo dicho y lo que se ha querido decir. En el nuevo contexto no se quiere decir nada, no hay intencionalidad, tan sólo se dice; se lanzan piedras al lago y se disfruta observando los surcos que dibuja. Se desprecia la descripción tanto como la estructura. La palabra se quiebra del paso de los labios al oído, tan sólo queda lo suscitado. Hablar con la vida, las acciones, las pulsiones emitidas en vez de con palabras. Pero todo esto no es legítimo nombrarlo, tan sólo pensarlo.





Leerse

30 06 2008

Hablan algunos autores del espacio del texto, de lo escrito en los silencios de las vacías miradas al horizonte. Hablan de un afuera de la misma escritura que la nutre en cierto modo através del autor. Ese afuera del cual la literatura es heredera, modifica y se modicfica con ella, mostrandose y desapareciendo en el tambalear ondulante de la mirada. Del mismo modo en como un arquitecto observa el conjunto de materiales en que se ha convertido su proyecto. Si mira através de los cristales de uno de los pisos de su edificio, se observa a si mismo sin saber con exactitud los secretos que esconde su propia creación, aún y conocer todos los pormenores de su contrucción. Sólo en verse a uno mismo desde esa distancia que otorga la emancipación de nuestras partes, puede entenderse el consejo a leerse. Leerse a uno mismo es autoconcederse la posibilidad de lo otro, escarvando en ese afuera que subyace de entre los signos. Como una segunda hoja, debajo de la nuestra, en la que un segundo texto trasluce lo suficiente para ser insinuado, pero nunca leído comodamente, entre los espacios que permiten las letras del nuestro. Eso es leerse a uno mismo, pero no ya sólo como lo mismo, sino como lo otro en lo mismo; como algo hundido en nosotros que durante un instante ve la luz. Pero al ser en nosotros donde se ilumina esa luz, debe ser de un afuera de donde proceda esa posibilidad enterrada; que si existe es porque previamente ya habiamos, nosotros mismos, fecundado en ese afuera. El código genético de esa inyunción no violenta, está determinado en el tiempo; y no es soslayable a ningún otro momento histórico de la vida. Ese instante tan sólo se corresponde con el nosotros que lo escribió. Y para que la insinuación se pueda procesar en otro momento, no debe de haber correlación entre esos dos momentos. Son dos puntos al azar en una hoja que se han unido por un pliege al azar, en un divagar elíptico de carácter erótico. Pero esa tensión de la distancia tan sólo puede darse si existe el punto primero; la escritura. Pues el leer es algo mucho más cotidiano. Leemos en todos los lugares.





Nocilla Dream

22 05 2008

Nocilla Dream es la primera novela de Agustín Fernández Mallo nacido en La Coruña en 1967 y conocido por su obra poética ensamblada en la corriente postmoderna. Licenciando en Física y postpoeta de vocación Fernández Mallo nos presenta esta novela de clara tendencia emancipadora. En un momento desde el que resulta ciertamente difícil deducir los caminos que tomaran las tendencias artísticas en un futuro inminente, proyectos de este tipo nos empujan más si cabe hacia un abismo de desconcierto. La primera lectura, si se hace de manera despreocupada, transcurre velozmente y casi sin dar pie a la repasada. El cruce espasmódico de una historia a otra y de repente a un pequeño haiku improvisado sobre la teoría de la relatividad de Einstein, no permite de entrada intuir la intención del autor. Quizá ese desconsuelo producido por la desorientación inicial pueda hacer desistir a más de uno, por en mi caso la absoluta falta de ilusiones sobre el libro y las horas por matar me llevaron hasta el final. Es usual cuando alguien siente hablar de un libro, preguntar a los cercanos si lo han leído y/o saben sobre que trata. En el caso de Nocilla Dream es difícil deshilar el hilo. En mi opinión es más cómo una imagen, o como varias dispuestas una tras la otra sin sentido aparente dentro de una melodía que las abraza a todas. Si; ésta me parece una buena definición. En tal caso, el hilo tendría más que ver con la melodía que con el buscar un sentido en el orden de las imágenes o en las imágenes mismas.


La única cosa que de veras me atrevo a afirmar sobre Nocilla Dream es su carácter postmoderno. Desde esta posición de fuerza me empieza a ser más fácil interrogar sobre su posible sentido. La fragmentación es una condición usual del postmodernismo, y ésta sustenta por completo la narración a tratar. La melodía de la que hablábamos nos deja suspendidos en un vacío familiar, casi diario y al mismo tiempo casi existencial. Un desaliento que será muy cercano para quién este familiarizado con cualquier gran urbe. Es el mismo vacío en el que te hace levitar el pasar de ese tumulto que transcurre a tu alrededor. Una vorágine de rostros con historia propia imposible de contrarrestar desde nuestra atención y que nos impulsa hacia el desinterés por lo más cercano. Nocilla Dream está repleta de historias que si las viviéramos desde la cercanía no nos parecerían tan extraordinarias, pero explicadas en lote de manera sutil parecen enturbiar nuestra mirada hacia el horizonte redentor. Porque ninguna tiene un final estremecedor, de tenerlo dirigiría la obra y no permitiría respirar los fríos halos de la caverna que no deja entrever su interior.
Hasta aquí he utilizado muchos apelativos al vacío entendido como inseguridad, como no pisar en suelo firme. Esa es la sensación general de la fragmentación, que la obra, como reflejo de su momento histórico, consigue transmitir con suficiente capacidad. Sin embargo cuesta distinguir desde un análisis más riguroso si esta pieza debe ser considerada como un pilar de su corriente literaria o como un abanico de posibilidades y recursos a utilizar por las plumas que la seguirán. Nocilla Dream es el primer episodio de una trilogía nombrada Proyecto Nocilla, le seguirán Nocilla Experience (hace poco disponible en el mercado) y Nocilla Lab. En mi opinión en ellas el autor debería mostrar una intención revolucionaria contra lo ya mostrado, siempre en pos de una construcción ulterior; o de lo contrario podría ser presa de un nihilismo ocioso, inducido por la incapacidad casi poética hasta de la ciencia por otorgar al hombre de un sustento que sea capaz de fundamentar sus ansiedades, que se contentará con la simple exposición de sus habilidades ante una clientela que ya ha pagado su entrada. Sé que la crítica es aguda, pero creo que hay posibilidades reales de agujerear de algún modo con el material disponible el cordón que nos une al origen. Como si de matar a nuestro padre se tratara, Las ventanas que Nocilla Dream deja entreabiertas permiten pensar con un modo de transmitir las historias en nuestra cultura de manera que lo denunciado no sea heredado por quienes nos siguen. Que seamos capaces de analizar con la misma eficiencia los sistemas atómicos y los sistemas planetarios, pero no seamos capaces de explicar porque la gente de dos pueblos tiene por costumbre lanzar sus zapatos al único álamo que tubo el valor para crecer en el desierto, pone sobre la mesa de juego cierta actitud que quizá deberíamos sopesar los humanos al tratarnos unos a otros.





-“El ensayo como forma” de Theodor W. Adorno

7 03 2008

El primer texto que se presenta en este espacio dedicado a la mirada curiosa, tiene una estrecha relación casi paternal con el espíritu que se espera de este mismo espacio. En primer lugar explicar el porqué: se trata de un texto filosófico de Adorno que se puede encontrar en “Notas de literatura” en Editorial Ariel; Barcelona, (1962). En él Adorno pretende poner de manifiesto la necesidad de una revitalización del ensayo como texto académicamente aceptado en filosofía. Sin embargo esa no es la intención que me alienta a recomendar su lectura. Lo que yo, desde mi intuición personal, quiero reflejar con él, es una guía sobre el estilo, la concepción y el sentido que me gustaría reproducir con este proyecto; y de igual manera lo considero un manual base para quién le interese eso de la escritura filosófica. En segundo lugar me gustaría disculparme por un posible tono demasiado filosófico en el decurso de lo narrado. Intentare centrarme en cuestiones que puedan llegar a seducir al lector, no en aspectos del análisis serio de lo propuesto en el texto. La extensión de la idea, si cabe, debería posibilitar su orientación no sólo a la filosofía, sino también a la historia y la literatura. Ese seria mi deseo al menos.

            Recogiendo un adjetivo del inicio y otro del final del escrito, me atreveré a describir al ensayo como un hereje ocioso. La herejía se alza contra la limitación de pensamiento que ejecuta una fuerza opresora. Pero un hereje reafirmado pierde el miedo al infierno, en cuanto su lucha es religiosa y su enemigo es un Dios. Una vez se inicia el acto de herejía, el hereje sabe que se está sentenciando ante una entidad divida, todopoderosa. El que como ocio tiene la herejía, no pretende destronar a un Zeus, sino boicotear cualquier iniciativa de totalidad. Su ocio, no está dedicado a único objeto, sino al motor que permite la posibilidad de tal objeto. El ensayo perfora la totalidad para mostrar su límite, y con ello su finitud. Muestra un mas allá. Es el hacedor de llaves. Precisamente en esa ociosa libertad convergen ensayo y arte. ¿Un ensayo artístico? ¿Un arte del ensayo? No. La relación entre el ensayo y el arte es de acercamiento. El modelo de ambos es la experiencia espiritual. Pero el ensayo necesita de un valor de verdad, de un juicio que valore su autenticidad. Al mismo tiempo que la herejía, el ensayo no pretende suplantar un trono por otro, sino expandir los límites, por tanto del ensayo nos dirá Adorno que debe entretejer sus enunciados de manera fragmentada, debe de poder concluirse en cualquier momento, debe de ser por tanto abierto; y en esa misma responsabilidad con su origen, radica su veracidad. La única intención de totalidad, es la búsqueda de un brillo en el destello de la  minucia, del escombro, de la ruina que ha desechado la teoría englobadora. Es el curioseo pertinaz e incesante en todo aquello escondido y oscurecido por una actitud dominante. Siempre que una migaja es excluida, la totalidad es negada. Y en mantenerse a él mismo abierto, el ensayo cumple con la legitimidad que le permite interponerse al  guardián del calabozo.