La bambina impertinente

22 05 2008

Después de una infructuosa travesía por el desierto del panorama musical italiano, el nombre de esta mujer de Catania (Sicilia) se apareció de repente como una revelación.

Como un huracán, Carmen Consoli, diva máxima de la escena europea (reconocida), irrumpe sin compasión en los corazones y almas melancólicas de todo aquél que desee ser hechizado por ese maravilloso influjo. Con un uso de las letras cercano y más bien singular (historias sobre embarazadas incluídas), no exentas del romanticismo melódico italiano típico,  refleja auténticas maravillas y penurias del mundo que se pisa con los pies y se viste desde abajo.

Exponente de una tradición siciliana característica (unas veces comprensible y otras no tanto), la Consoli se ha labrado una carrera sólida  de más de 10 años de profesión. 6 discos de estudio sinceros y nada dados a caprichos comerciales lo atestiguan, una evolución que la ha llevado a una clara vocación internacional un tanto tardía.

Hay dos elementos más a tener en cuenta, desequilibrantes y alarmantemente desarmadores, que se le suman a su innato talento musical (viene de familia): su voz y su belleza. La voz es el elemento diferenciador más evidente; con esos acabados de palabras engullidas nasalmente hacia el estómago, se ha convertido en la “marca de la casa” (junto a una guitarra española). El sonido Consoli radica en sumarle también esa belleza débil, casi frágil, que le otorga un estatus de musa desde el primer momento en que la ves, automáticamente. Ese arrebatador porte le asigna ese papel sin estridencias, como si con ella no fuera la cosa, ajena al profano descubrimiento de una mujer sin igual, verdadera reina de un mundo que más de una vez temí que no existiera…

Para gentes ávidas de vida.





“Tetragrammaton” de Mars Volta. Álbum: Amputechture

7 03 2008

            The Mars Volta nos presentaron en su anterior publicación discográfica “Amputechture” un tema peculiarmente compuesto. Después de una espacial canción introductoria, la pieza nombrada “Tetragrammaton” nos sorprende sin avisar y sin dar tiempo a una respuesta. Hemos entrado en el círculo. Tardaremos en salir, porque hay cosas que no podemos controlar. A diferencia de composiciones anteriores de larga durada, el dúo de El Paso ha exprimido casi al máximo todos los recursos que pueden llegar a desplegar sobre las siete notas. No voy a hablar aquí de estilos, patrones o similitudes musicales; esos términos no funcionan demasiado bien en el caso de Cedric y Omar. Prefiero en su caso hablar aquí de situaciones, de espacios abiertos en la nada, de atmósferas, de ráfagas, de vientos que soplan del sur, del norte y de casi todos los recovecos posibles. Aquí empieza el viaje.

            Dime que ha finalizado; que ha acabado para siempre y no volverá a sonar. Pero luego dime que ella siempre seguirá estando con nosotros. Un querer y no poder dejarse de… Un retornar compulsivo y casi indecente. Pero un retornar cada vez distinto, nuevo, renovado y refrescado; pero cada vez el mismo circulo, cerrado, concluso, vertiginoso en su finitud. Sonido del nervio aurico.

                        En tiempos de mezcla y remezcla, un vínculo. Estrecho y tendido entre dos puntos. De esa unión, no una mezcla, sino algo. El algo, necesitado del forcejeo en su gestación, se abre en el parto con el llanto, el grito y el movimiento compulsivo de las manos; como un desorientado buscando un cabo a ciegas entre la espesa niebla de la vida. Desde el primer suspiro expulsado, las raíces que hundían sus dedos en la deuda al pasado, quedan desvinculadas de su deber expiatorio. El fantasma que sigue al recién nacido no volverá a dormir jamás. Es una sombra amarga que se vio liberada de sus cadenas y tan sólo sabe proseguir magnéticamente la pulsión que le dio origen; el primer latido. Sólo el sutil arpegio de esas rasposas cuerdas tensadas, consigue calmar la vorágine.

            La metáfora ocular vence la lucha por auto extraerse de su referente. El esfuerzo por la refriega se autolegitima por el dulzor de dejarse caer del cielo. Levitar. La espera no es espera ya; es un alzarse desde el fértil suelo engendrador. La erótica que de por sí presenta la forma fuerza necesariamente a desviar la atención en un primer encuentro del contenido. Por otra parte, cualquier valoración estética debe de recatar su apreciación a un objeto fragmentado, quebradizo de por sí. Éste mismo carácter infiere al juicio estético a una multiplicidad de discursos que abarque esa fragmentación, esa pluralidad de matices que hace envolvente al proyecto; y otorga a la obra una fragilidad en las juntas que no es -en este caso- solsayable a crítica desde la mirada cercana, próxima e incluso minuciosa. No se dejan atrapar estos personajes ni en las cortas distancias, donde las minucias destierran reyes.

            La capacidad de crear vínculos -metáforas- se asemeja al proceder del artesano orfebre. Utilizando pequeños utensilios bien afilados, se dibujan uno a uno los surcos que erosionan la superficie trabajada. Por medio de diestros movimientos esgrimidos con tensión, repetidos absorbentemente, es como consigue enturbiarse la percepción del sentido y permitir por un momento la aparición de la silueta final. Pero no es hasta el final; largamente esperado, cuando conseguimos intuir la salida. El orfebre consigue su arte mediante el trance en que le introduce el martilleo incesante de sus rasguños sobre lo otro. Eso otro que no se deja ver hasta ser expulsado de nosotros mismos, y que por ser expulsado de nosotros mismos, pierde ya de por sí cualquier posibilidad de ser considerado propio.

           

            De lo que se ha intentado hablar aquí ahora no ha sido otra cosa que un paso y todo lo que ello conlleva. En sentido estricto no es otra cosa que un comentario subjetivo -quizás demasiado-. Versaba sobre una canción, quizás sobre un disco, quizás sobre un grupo, quizás sobre una música que se dirá que alguna vez sonó; quizás sobre nada de ello, quizás sobre la atracción hacia mi mujer niña. En todo caso está claro que aprovecha una situación. El reciente lanzamiento del cuarto disco de The Mars Volta “Bedlam in Goliath” y la muy reciente actuación de Barcelona y Madrid.

            En todo caso, hablemos del paso. Un paso es un dejar un punto para un alcanzar otro. Pero el paso en sí es un dejar sin llegar a dejar totalmente y un alcanzar sin llegar a alcanzar totalmente. Es un dibujar la línea que une dos puntos, pero sólo es ese dibujar, cuando aún no se ha dejado el punto de origen y aún no se ha alcanzado el punto de destino. Es por tanto un proceso, un tránsito, un fluir, un penetrar una caverna desconocida. Un paso es sobrevolar la distancia. Tetragrammaton ha sido el punto de origen, y estas palabras serán el punto de destino cuando concluyan. Evidentemente el paso ha sido impulsado por una fuerza. La fuerza que se requiere para impulsar al paso. El paso es voluntad de avanzar, fuerza impulsiva en movimiento; no retenida. Como el niño al que le perseguía el fantasma que no podrá volver a dormir. El paso -empiécese a leer Mars Volta- , es romper no sólo con el pasado sino con la concepción misma de pasado. No tiene raíces. No es el resultado de ninguna ecuación ni secuencia lógica. Es en sí y por sí algo. Autónomo. Tetragrammaton puede considerarse un paso. Pero más bien cíclico, lo cual permite una rica perspectiva de la propuesta global de The Mars Volta, pero no permite avanzar sino lo justo en el camino. Si más no, y valga la redundancia, es un paso.