OSLO: BUSCANDO UN ALFÉIZAR

11 03 2008

Viajar es como un resorte que genera el cuerpo humano de aquellos a los que no les basta lo que tienen. Dentro de unas limitaciones -como los avatares de la vida de cada uno-, es una especie de huida hacia adelante, un movimiento que genera conocimiento, experiencia y desarraigo. Consciente o inconscientemente, se trata de dar respuestas a preguntas muchas veces por formular, en la fascinación que provoca lo desconocido y lo extraño. Dicho esto a modo de intro breve, el viaje que nos ocupa nos llevó hacia tierras nórdicas: Noruega, un destino de lo más apetecible y lo bastante lejano como para seguir aprendiendo.Llegué a Oslo vía Torp en autobús; una hora y media contemplando mis primeras nieves del invierno, mientras no dejaba de pensar en la perfección que habría en Europa en general y aún más hacia el norte, al descubrir en la redecilla de la parte trasera de los asientos una bolsa de plástico. Por muy útil que fuera no dejaba de parecerme curioso. En el exterior la nieve recogida en los bordes respondía a esos cánones de simetría y limpieza, pensamientos que se entremezclaban con otros más sensatos y lógicos que echaban por tierra estas teorías;nada más aterrizar, en el aeropuerto de Torp, el riesgo de timo para los que no van preparados y que no conocen el sistema local es evidente: en el proceso de cambio de moneda (Noruega no necesita al Euro y sobrevive la mar de bien con sus Coronas), si es que no te dio tiempo de hacerlo antes de salir, las tiendas se “prestan” a ayudarte sin problemas (la que me cambió a mi tenía una caja fuerte llena de Euros, dispuesta a cambiar a todo aquél que se le pusiera delante), con la consiguiente “pérdida” de dinero en la transacción. Cosas de las prisas.Acto seguido y ya instalado en la capital, lo primero que se advierte es la influencia decisiva que el factor climático ejerce en los habitantes de esta parte del mundo, cosa que marcaría mi estancia esos 4 días. En cierto modo sabía lo que me encontraría y a lo que iba. Me decían que debería haber ido en primavera, a ver la belleza de las flores germinar y todo verde, pero yo quería ver la nieve y el invierno crudo en un país preparado para ello, mientras se prepara el cambio de estación en nuestra vertiente mediterránea.Esto no impidió un cierto sentimiento de frustración al no poder estar más de 3 o 4 horas en la calle. El frío y el viento helado golpeando mis mejillas sin descanso, junto a la constante capa de lluvia fina que iba perforando mi cuerpo, hacían imposible aguantar mucho tiempo fuera. Además las calles estaban congeladas, los suelos encharcados. El equilibrio era precario y amenazaban las caídas. Con triple calcetín y una sensación de frío acuciante, resultó que la mejor opción era buscar abrigos temporales; lugares en los que refugiarse unos minutos, horas en algunos casos, para volver a armarte para salir. En estas condiciones todo lo que sabía sobre Oslo, que ya era poco, se hacía más difícil: tardé dos mañanas en encontrar una oficina de turismo y otra para cambiar moneda. No tenía ni siquiera un mapa, acostumbrado a vagar sin rumbo, pero no me parecía una ciudad muy grande. Con su medio millón de habitantes, Oslo es una ciudad moderna y adaptada a la necesidad de obtener los recursos naturales al máximo nivel; edificios moderadamente altos, sin rascacielos (regulado por ley), poca contaminación acústica y medioambiental (muy pocos coches para ser una capital), y gran cantidad de vidrieras en todo tipo de construcciones (suponemos que para ganar la mayor cantidad de adeptos al sol posibles).Librerías, cafeterías, ecc. Todo encarado al exterior, dando tumbos. De ahí fui a parar al Museo Nacional, dónde sabía que había una sala dedicada a Munch, el pintor depresivo. Ni siquiera me interesé en las otras; estuve toda una mañana contemplando parte de su obra, 19 cuadros entre los que destacaban La Madonna y El Beso, junto a esa maravilla llamada “Skrik”, El Grito. Era la única obra protegida con un cristal antibalas (la habían robado de su casa-museo apenas dos años antes), firmada a finales del XIX o sea auténtica, aunque uno no dejaba de preguntarse cual de las versiones sería (parece que Munch pintó varias reproducciones).Como andar muy lejos no era planteable, me basé en unas cuantas pesquisas para seguir adelante: la siguiente pasaba por el Parque de Vigeland, el escultor de los ciclos de la vida humana. Lllegué sobre las 16,30, anocheciendo y cuando ya habia perdido toda esperanza en mi orientación. El resultado es una auténtica maravilla del mundo: más de 300 hectáreas para mí solo. Un territorio verde inmenso en el centro de la ciudad. Aunque congelado, y siguiendo con esas condiciones que el gran Amundsen controlaba como nadie, llegué hasta vislumbrar el conjunto escultural de la torre humana. Figuras que representan la humanidad en todo su esplendor: parejas copulando (de ambos sexos), padres con hijos, madres, figuras solitarias con expresión marcada en sus caras, cuerpos eontorsionados,ecc. Todo en bronce, vida y milagros del ser humano en una visión muy particular y moderna. Así, los días pasaron entre mañanas de pequeñas razias y descansos entre la nieve. Se hace difícil no pensar en el alto índice de suicidios y alcoholismo del norte de Europa. Teniendo en cuenta las condiciones climatológicas es lamentablemente normal;la mayoría “desea”, en algún momento u otro de su vida, bajar a España. Y la publicidad así lo vende. Las cartas en los restaurantes así lo atestiguan, así como las múltiples referencias al sol y a nuestro país. Carteles en el metro de agencias de viajes con ofertas para Almería o Málaga, jamoncito bueno en las pizarras de lo bares, tapas por doquier y mil imágenes más. No necesitaba ver nada más, pero tampoco no había nada más que ver. El centro no daba para más. Junto a la última mañana en una estación de esquí (aunque no esquiara), en el Museo del Esquí, para ver lo logros de los antiguos aventureros noruegos y algún que otro reno, mi viaje acababa en una última cena con indígenas, saboreando la carne de ballena (cierto regusto a hígado y pescado) y un vino fuerte local con las maravillosas vistas al fiordo de entrada de la ciudad de fondo.En resumen, Oslo es una ciudad tranquila que visitar, con un par de maravillas como el Parque Vigeland o el Museo Nacional, como hemos visto, y un centro agradable y pequeño, aunque sale muy caro ir de compras. Con un puerto muy bonito y sencillo para pasear -siempre que las condiciones climatológicas sean benignas- es quizá un tanto aburrida en su carácter frío y desangelado, pero generosa en cuanto a posibilidades naturales que ofrece su territorio en general.

Para melancólicos tranquilos amantes del silencio.